casa cerrada

Aquella luz horizontal
que desde el alféizar de la cocina
se derramaba hacia el fregadero,
sobre los blancos azulejos
y las tijeras de pescado.
Aquella luz naranja
que acariciaba el pesado volumen
del armario, en la habitación de nuestros padres.
Aquella luz blanda
que nos lavaba la cara
y reptando por el pasillo,
señalaba el camino interior,
cada día.
Aquella luz, hermana,
aún nos recuerda.
Sabe que allí fuimos una familia,
unos padres construyendo algo,
unos hijos asombrados del mundo,
unos recuerdos asentándose.
Sí, una familia.
Hoy, aquella luz
se cuela entre agujeros de persianas,
recorre la casa en haces declinantes,
motas de polvo y alas de mosca.
Hoy, aquella luz
se orienta por las paredes,
repite su recorrido, su rutina de invierno,
sus correcciones tras el equinoccio,
recuerda que allí fuimos una familia
y nos echa en falta,
en la casa abandonada.
Ya no alcanza a tocar tu pie de niña en el pasillo,
a templar mi torso desnudo
sobre el que me abotonaba una camisa,
a iluminar
como en una película,
un beso furtivo de nuestros padres.
Recuerda aquella luz, cuando nos abrazaba
al doblar la esquina hacia el colegio,
los dos hermanos juntos,
asombrados de tanta claridad,
caminando por la acera
dorada de aquel año.
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